| Una Nueva Cultura Política |
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Debemos cambiar radicalmente las actitudes y prácticas políticas imperantes en el país. No es novedad si digo que la gente siente un profundo rechazo por lo que llama, generalizando seguramente en forma injusta, la "clase política". Una encuesta reciente realizada por Factum muestra a los partidos políticos en el último lugar en popularidad entre gran cantidad de organizaciones y sectores sociales del Uruguay, y por increíble que parezca, sobre todo en éstos momentos, aun por debajo de la Banca. Lo grave de esta situación es que quienes ocupan posiciones políticas son, precisamente, los capitanes de ese barco que queremos que arribe a buen puerto. Y si los tripulantes y los pasajeros desconfían de quienes conducen el barco, seguramente se van a querer a desembarcar. Es desde los más altos cargos públicos desde donde debe partir el ejemplo. El ejemplo, y no la retórica. Eisenhower, que no era muy bueno con los discursos, solía decir: nadie presta atención a lo que digo, pero todos se fijan en lo que hago. Días atrás un periodista me preguntaba, ante los rumores de que podría ingresar a la actividad política, si ello se debía a que me había gustado la experiencia de las elecciones municipales, tres años atrás. Luego de aclararle que aún no había adoptado una decisión al respecto, le manifesté que en caso de hacerlo sería precisamente porque no me habían gustado algunas cosas de lo que había visto. ¿Qué es lo que no me gusta? Por ejemplo, la mal llamada "profesionalización" de la política ha llevado a que demasiada gente tome a esa actividad fundamentalmente como un medio de vida. Una persona que hoy es legislador, mañana la ciudadanía no lo vuelve a elegir y pasa a ser vocal en el Directorio de un ente autónomo, luego director en algún Ministerio. Muchas veces el tipo de tareas que se deben desarrollar no importa en absoluto, porque solo interesa la importancia del cargo. Probablemente Leonardo da Vinci, que era un hombre multifacético, podría haberse desempeñado con éxito en todos esos cargos, ya que era a la vez científico, inventor y artista, y hasta cocinero, pero luego se rompió el molde. El costo de ese desfile circular de figuras es una ineficiencia creciente. Una variedad de lo anterior es el denominado "costo político", algo que deberíamos erradicar de nuestro lenguaje. ¿Porqué, si pensamos que lo bueno para el país es tal o cual cosa, se termina sosteniendo lo opuesto? Pues para no tener que pagar los famosos "costos políticos", lo que nos lleva a la demagogia y al doble discurso. Por otra parte, como nadie quiere pagar estos costos, los termina pagando el país. Un gran uruguayo, hoy valorado por encima de los partidos, dijo una vez: "La forma más sublime de valor del hombre es afrontar la impopularidad, al adoptar decisiones a las que su deber lo condena, aun sabiendo que no van a ser comprendidas". Se llamaba Wilson Ferreira Aldunate. Sería bueno hacer realidad este pensamiento. ¿Podría haber mejor homenaje? También es importante en nuestro debate político saber distinguir la crítica, franca y leal, del agravio. Y terminar con los agravios. Es otra cosa que ha cansado a la gente, que quiere ver resultados y no circo. Adoptemos una actitud política basada en las ideas y no en los cargos. Qué el mezquino cálculo de los costos políticos sea desterrado para siempre de la cosa pública. Qué el agravio sea sustituido por la crítica franca. Solo de esta manera, una nueva cultura política podrá emerger y consolidarse. |
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